Volvió a llover
Estaba impaciente, realmente muy
impaciente. Temía que su reacción no fuera como la que esperaba,
alegre, deseando ese reencuentro tal como yo lo deseaba. Me
atormentaba la idea de que tras todo este tiempo, ya no fuera la
misma, que aquello que vivimos se hubiera visto enmarcado en el
pasado. O peor aún, lo que realmente temía era que su reacción
fuera de indiferencia. Bajé al andén tan rápido como pude, no
llegaba tan pronto como cabía esperar de acuerdo con mi impaciencia,
convenía apresurarse. Bajé al andén y allí, allí no había
nadie. “Aún no ha llegado”, pensé. Mi cabeza quiso tranquilizar
lo que mi corazón se trataba de alterar. Estaba nervioso, más aún
cuando al fondo del túnel se escuchaba la llegada del tren. “Ya
viene”. Mi corazón comenzó a latir con más fuerza que nunca, y
mi cabeza no estaba como para tranquilizarlo. “Ya viene”, repetía
en mi interior. El tren hizo acto de presencia en la estación,
deteniendo su marcha tras un largo chillido de las ruedas al frenar.
Las puertas se abrieron, un anciano me miraba receloso, entendiendo
que no pretendía coger este tren al no agolparme junto a sus puertas
como el resto de los viajeros. Dejaron salir a quienes habían
terminado su viaje, para pasar ellos en búsqueda de un asiento
libre, cual buitres perfilando su manjar. Los pasajeros fueron
bajando, no eran demasiados, tampoco la hora era punta. La situación
era perfecta para cerciorarme si acaso bajaba ella. No lo hacía, por
el momento, y no lo hizo al final. Mi desolación avanzaba al paso
que los nuevos viajeros subían al tren, dejando el andén
completamente vacío, como yo. Una última esperanza llevó a mi
mirada a hacer un último repaso, pero no bajaba nadie más. Una
mirada tímida al fondo del tren sí parecía atender a mi figura
descompuesta. “No puede ser”, me decía a mi mismo. Empecé a
cabrearme; ¿de verdad estaba ahí, y no quería bajar?. Fui hacia la
misma mirada inocente que había acabado de destrozarme, apurando los
últimos segundos del tren antes de partir. Si, era ella. La miré,
realmente enfurecido, me dispuse a hablar y grité un silencio propio
de lo más profundo de mi corazón. Me di la vuelta, y me fui del
tren, cabreado, enfurecido, sin poder comprender cómo...¡Espera!,
dijo de pronto una tierna voz, al mismo tiempo que el tren marchaba.
Era ella, nos miramos durante un segundo, lo que tardamos en
fundirnos en un abrazo. Salimos de la estación, fuera llovía. Me
sentía realmente bien, enamorado. Las gotas de lluvia servían para
que pudiéramos compartirlas, mientras paseábamos por las aceras
mojadas, vacías de personas que probablemente no estuvieran
enamoradas. Había estado impaciente, pero mereció la pena. Ahora
sí, había vuelto ella, volvió a llover.
