martes, 23 de octubre de 2012

Volvió a llover

Volvió a llover

Estaba impaciente, realmente muy impaciente. Temía que su reacción no fuera como la que esperaba, alegre, deseando ese reencuentro tal como yo lo deseaba. Me atormentaba la idea de que tras todo este tiempo, ya no fuera la misma, que aquello que vivimos se hubiera visto enmarcado en el pasado. O peor aún, lo que realmente temía era que su reacción fuera de indiferencia. Bajé al andén tan rápido como pude, no llegaba tan pronto como cabía esperar de acuerdo con mi impaciencia, convenía apresurarse. Bajé al andén y allí, allí no había nadie. “Aún no ha llegado”, pensé. Mi cabeza quiso tranquilizar lo que mi corazón se trataba de alterar. Estaba nervioso, más aún cuando al fondo del túnel se escuchaba la llegada del tren. “Ya viene”. Mi corazón comenzó a latir con más fuerza que nunca, y mi cabeza no estaba como para tranquilizarlo. “Ya viene”, repetía en mi interior. El tren hizo acto de presencia en la estación, deteniendo su marcha tras un largo chillido de las ruedas al frenar. Las puertas se abrieron, un anciano me miraba receloso, entendiendo que no pretendía coger este tren al no agolparme junto a sus puertas como el resto de los viajeros. Dejaron salir a quienes habían terminado su viaje, para pasar ellos en búsqueda de un asiento libre, cual buitres perfilando su manjar. Los pasajeros fueron bajando, no eran demasiados, tampoco la hora era punta. La situación era perfecta para cerciorarme si acaso bajaba ella. No lo hacía, por el momento, y no lo hizo al final. Mi desolación avanzaba al paso que los nuevos viajeros subían al tren, dejando el andén completamente vacío, como yo. Una última esperanza llevó a mi mirada a hacer un último repaso, pero no bajaba nadie más. Una mirada tímida al fondo del tren sí parecía atender a mi figura descompuesta. “No puede ser”, me decía a mi mismo. Empecé a cabrearme; ¿de verdad estaba ahí, y no quería bajar?. Fui hacia la misma mirada inocente que había acabado de destrozarme, apurando los últimos segundos del tren antes de partir. Si, era ella. La miré, realmente enfurecido, me dispuse a hablar y grité un silencio propio de lo más profundo de mi corazón. Me di la vuelta, y me fui del tren, cabreado, enfurecido, sin poder comprender cómo...¡Espera!, dijo de pronto una tierna voz, al mismo tiempo que el tren marchaba. Era ella, nos miramos durante un segundo, lo que tardamos en fundirnos en un abrazo. Salimos de la estación, fuera llovía. Me sentía realmente bien, enamorado. Las gotas de lluvia servían para que pudiéramos compartirlas, mientras paseábamos por las aceras mojadas, vacías de personas que probablemente no estuvieran enamoradas. Había estado impaciente, pero mereció la pena. Ahora sí, había vuelto ella, volvió a llover.

 

lunes, 27 de agosto de 2012

Hasta el hijo de un dios

Si el vacío y la soledad, acompañan este espacio, no os preocupeis. No me cansaré en repetir que estoy cansado, que no soy escritor de verano.
No obstante, para estos momentos están los amigos, y en este caso quizás el mejor que halla tenido. Un gran compañero, que además escribe de manera prodigiosa. En tanto que vuelve el otoño y la inspiración de su mano, os dejo una gran historia,que a mi particularmente me fascinó cuando la reencontré en los cajones del olvido, del gran J.P.  Podéis seguir su blog http://vivenpalabras.blogspot.com.es/

Disfruten de "Hasta el hijo de un dios".

HASTA EL HIJO DE UN DIOS

“¡Dios mío! Que resaca tengo, cojones. Si es que ya no estoy para estas cosas, además vaya aguante que tiene esta cabrona de Janis Joplin encima de un escenario…y de un hombre”.
Eso mismo pensé cuando logre despertarme después de una noche verdaderamente brutal. Una vez superados los treinta, las resacas se llevan peor.
 A duras penas conseguí levantarme de la cama. Ni siquiera me di cuenta de que la Bruja Cósmica ya se había marchado.
 Al agacharme para coger unos calzoncillos todo lo que había tomado la noche anterior (y no había sido poco, la verdad) se puso en huelga y quiso salir disparado de mi cuerpo. Tapándome la boca llegue corriendo hasta el baño y vomite impulsivamente.
Ahora me sentí algo mejor, la tubería estaba desatascada. Tras tirar de la cadena y cerrar la tapa del water, me mire en el espejo. Estaba mortalmente pálido, los ojos inyectados en sangre y el pelo y la barba enmarañados y sucios. Pero todo aquello tenía arreglo, un poco de descanso y una ducha y volvería a ser el mismo. Aunque haciendo honor a la verdad, aquella época estuve más acostumbrado a verme con aquellas pintas que a verme con un aspecto normal, si es que un hippie tiene un aspecto normal.
Volví a la cama y me tumbe de lado con cuidado, no fuese a haber otro movimiento revolucionario en mi maltrecho organismo.
 Mire a mí alrededor, para comprobar que el estado de mi apartamento era equiparable al mío. Lienzos, pinturas y ropa poblaban el suelo. Al ver los lienzos nota como algo importante se me hubiese olvidado, pero no fui capaz de recordarlo, el dolor de cabeza era insoportable.
Decidí hacer un esfuerzo titánico y me incorpore de nuevo. Me daría ducha, ordenaría aquel caos y saldría a dar una vuelta por la calle. Hacia un día esplendido de principios de primavera, justo la época del año que me gustaba.
El agua fría me despertó por completo y de mi letargo y al principio era insoportable, pero la experiencia me decía que después lo agradecería. Tenía una sobrada experiencia en despertares obtusos. Igualmente, me lave el pelo, cosa que ya necesitaba una mayor técnica.
Tras secarme y salir de la ducha, observe de nuevo mi reflejo y el resultado era infinitamente superior. Mis largos cabellos castaños oscuros caían húmedos hasta más allá de los hombros y los ojos habían dejado de parecer los del mismísimo diablo.
Acto seguido, me puse unos pantalones vaqueros el armario. Estaban algo desgastados y en la zona de las rodillas presentaban roturas, pero Janis había comentado en cierta ocasión que me hacían un culo mas que divino, de modo que no había reparo en llevarlos puestos.
Ordenar el desastroso apartamento fue una tarea más difícil, pero tras media hora conseguí guardar toda la ropa, colocar debidamente todos los cuadros a medio terminar, guardar los lienzos sin usar y limpiar todos mis pinceles. Igualmente, coloque en el estante oportuno todos los botes de pintura.
“¿Ves Chechu?, hace una hora estabas en el infierno y ahora vuelves a sentirte como un verdadero Dios”.
Iba a coger una camiseta para terminar de vestirme cuando oí como alguien golpeaba a la puerta con suavidad.
Me dirigí a la misma rezando para que no fuera el pesado del casero. Al mirar por el hueco de la mirilla me quede atónito al ver a una joven de veintipocos que miraba distraída al suelo.
Como un torbellino vinieron a mí los recuerdos del día anterior. Antes de comenzar el gran concierto de la Dama Blanca del Blues había conocido a la joven que ahora acudía a mi puerta. Se llamaba Madeleine. La cosa es que ella adoraba la pintura y al informarla de mi vocación, todo coincidió perfectamente para que al día siguiente ella viniera a mi casa para que yo la pintara. Ella quería saber si yo era de verdad un gran pintor, de modo que me dijo que se reservaría para ella el modo en que quería que yo la retratase.
Me había excitado profundamente su manera de conducir la situación. El problema es que ya no recordaba mucho más del tiempo que pase con ella, porque entre la bebida, la hierba y la rasgada voz de Joplin todo se convirtió en un mar de imágenes psicodélicas y punteos de guitarra.
Abrí la puerta y esbocé una sonrisa. Llevaba puesto un corto vestido de tirante en color amarillo y unas botas negras que le llevaban algo más debajo de las rodillas. Se notaba a la legua que no llevaba sostén y sus curvas insinuantes quedaban reflejadas a través de la prenda. Su pelo era castaño claro y enmarcaba un rostro de insinuante. Sus ojos negros me miraban intensamente y su boca entreabierta lucia seductora con unos labios carnosos del todo atrayentes.
__ Con que al final has venido__ dije con voz pausada.
__ ¿Que esperabas? No todos los días se conoce a un tío que se preste a pintarte gratis.
“Desde luego, me pierden este tipo de mujeres”, pensé con resignación.
__ Pero bueno__ prosiguió ella __ igual tras ver el resultado encuentre alguna manera de pagarte este favor, ¿no?
__ Siempre y cuando lo merezca.
__ Esperemos que todo salga así.
Sin invitarla a entrar, ella paso delante de mí mirándome descaradamente, con esa mezcla de sensualidad e inocencia que tanto me había encandilado la noche anterior (todo esto empezaba a recordarlo poco a poco).
Cerré la puerta y observe como ella contemplaba minuciosamente cada punto de la habitación.
__ Veo que no te ha dado tiempo a crear un ambiente propicio, ¿eh? __ bromeo ella.
__ Tranquila, lo arreglare ahora mismo.
Crucé la estancia hasta un pequeño armario situado al lado de la cama; lo abrí y saque de el unas varillas de incienso Encendí cuatro y las repartí por el suelo de toda al habitación. Acto seguido, baje la persiana de la única ventana de la casa y encendí la lámpara de noche.
__ Ahora solo falta que elijas hacia donde debo proyectar la luz.
Mary fue hacia la lámpara y dirigió la luz de la misma hacia la cama.
__ Supongo que allí estaré cómoda.
La actitud de la joven estaba empezando a excitarme profundamente y tras el cuadro ya tenía pensado proponerla una forma de pasar el día.
Fue hacia la cama, se sentó en ella y se quito las botas. Después, se puso de rodillas y se dio la vuelta, de cara a la ventana cerrada.
__ Bien, __ me dijo__ ¿que te parece así?
Sin que a mi me diese mucho tiempo a procesar sus palabras, Madeleine, con una rápido y preciso movimiento, se quito su pequeño vestido por la cabeza. Se volvió a dar la vuelta de rodillas. La imagen era exuberante.
Su larga melena caía despeinada por sus suaves proporciones y con sus péquelas manos sus redondos y bien formados pechos. Su mano derecha cubría el seno izquierdo y viceversa. Me miraba con la cabeza ligeramente ladeada hacia mi izquierda. Era una pose perfecta y todo lo había echo ella, sin una sola indicación mía. Es mas, yo estaba atónito, prácticamente no pensaba n el cuadro, lo que tenia delante era algo mucho mas bello de lo que jamás podría crear con un pincel. Observe también que llevaba unas palabras escritas debajo del ombligo: VIVRE L’ART. No sabia si se las había pintado ella para la ocasión o era un tatuaje de verdad, pero el resultado mejoraba con creces la sensualidad de la escena. Solo unas pequeñas braguitas tapaban su mayor tesoro.
El único problema que tenia aquel momento era el hecho de que al no llevar ropa interior, el que ella notase mi inminente erección era cuestión de segundos. Pero a pesar de percatarse de tal echo, no dijo nada. Parecía complacida con la idea de ponérmela tiesa.
__ Me las tapo para crear suspense; ya sabes, insinuar…es la base de un buen momento erótico. Así que ponte manos a la obra, Picasso de pacotilla.
Tras decirme esa ultima coletilla, se río inocentemente. Yo elegí no hablar, ya que temía cagarla y romper el momento. “Pues nada, habrá que hacerla caso”, pensé. Aun así, no pretendía dejarla a ella sola poner las normas. Atacaría yo también.
__ Empezaré tras una pequeña pausa inicial.
Del mismo armario del que había sacado el incienso, tome una pequeña bolsita y un paquete de tabaco.
En cuanto ella diviso los objetos, sonrió.
__ El nivel de esa bolsa ha descendido bastante desde ayer, ¿verdad?
__ Bueno, parte de culpa la tienes tú, pero en esta ocasión será solo para el artista, ya que la modelo debe permanece quieta.
__ ¿También mientras te lo lías? ¿Que pasa, que esa es tu inspiración?
__ Si aguantas en esa posición todo el tiempo, comprobare que verdaderamente quieres este cuadro.
__ Aun desconoces cuanto tiempo puedo llegar a aguantar, artista.
No llevaba ni dos minutos liado cuando el timbre de la puerta sonó de forma estridente.
__ Espera, no tardo.
La cama no podía verse desde el umbral de la puerta, así que no me preocupe de que alguien pudiese ver a mi huésped.
Abrí la puerta, sabiendo perfectamente quien esperaba al otro lado. Allí estaba el gran Peter Forman, un perfecto gilipollas. Uno de los hombres mas desagradables que jamás conocí sobre la faz de la tierra. Cuarentón, bajo, gordo, con una densidad capilar bastante deprimente y con una cara de perros permanente que me sacaba de mis casillas. Así era mi casero.
__ ¿A quien te has subido aquí, gamberro?__ gruño.
__ Forman,  te he pagado todo el mes con dos semanas de antelación, ¿no debería ser motivo suficiente para que me dejases en paz?
__ No te dejare en paz si subes a una puta.
Antes de que me diese tiempo a replicar, Madeleine apareció rápidamente a mi lado, con expresión de incredulidad…y esta vez sin cubrirse.
__ ¿Qué le pasa, que tiene miedo a ver u par de estas?__ pregunto mientras se agarraba con firmeza sus pechos.__ Además__prosiguió__ debería mostrar mas respeto por una de las profesiones mas antiguas del mundo.
“Y tan antigua”, pensé.
__ Por favor, Madeleine, vuelve dentro, me ocupo yo.
__ Será gilipollas el tío…__ susurró mientras entraba en la casa.
__ Forman, vamos a llevarnos bien __ le dije al casero.
El callo al instante y por un momento pensé que le había convencido, pero segundos después percibí que lo que estaba haciendo era husmear el aire como el sabueso que era.
__ ¡Has metido droga en mi casa, desarrapado!__ gruño fuera de si
“Mierda, encima me ha pillado la inspiración”, pensé disgustado.
__ Si es que no se en que estaría pensando cuando te alquile el apartamento, con esas pintas de guarro, esos pelos…
Su retahíla no tenía fin, así que me limite a mirarle tranquilamente hasta que terminase.
__...mírale, si es que ni siquiera lleva camisa, puto hippie de mierda.
Respire profundamente antes de hablar.
__ Un momento, por favor__ le dije
Sin esperar respuesta alguna, entre en la casa, cogí las llaves y le guiñe un ojo a mi invitada después de decirla que no tardaría mas de cinco minutos. Ella asintió.
Salí al rellano de la escalera y cerré la puerta. No recuerdo si Peter seguía increpando cuando yo comencé a hablar.
__ Mire, no he soportado tormentos inaguantables para que ahora un petardo de hombre, amargado y aburrido porque hace eones que no echa un buen polvo me ahogue el poder pintar a una chica hermosísima. Tío me dieron palizas, me dejaron la espalda mas seca que el desierto donde me tentó el mismísimo Satanás, me agujerearon la cabeza con aquella puta corona y para colmo me colgaron en una cruz que pesaba más que el maldito Goliat. ¿Cree que no tengo otra cosa que hacer que aguantar a un frustrado como usted que no hace más que tocarme la polla? Esta bien, me largo esta noche, pero a la belleza que tengo ahí dentro yo al pinto como que mi madre se llamaba María.
Dicho esto, me metí en casa y le cerré la puerta en sus narices de cerdo gruñón. Ya no se atrevió a molestarme más. Seguramente me considero un hippie fumado que no sabia lo que decía, pero francamente, me la sudaba por completo.
Madeleine se había vuelto a colocar en su pose para que yo la retratase.
__ ¿Que le has dicho ha ese cretino para que nos deje en paz?__ me preguntó
__ Que hasta el mismísimo hijo de un Dios tiene su límite.
__ Amen.

J.P






lunes, 30 de julio de 2012

Mi último "achuchón"

Una vida se me queda corta. Con dos sería insuficiente, tres y nada son lo mismo. Que no, que es imposible recordar, y cuanto menos agradecer todo lo que nos has dado. Todo lo que de ti hemos recibido. Tu mirada inigualable te delataba, quizás esa fuera tu intención, pues así con un tipo de chantaje emocional nos indicabas las ganas que tenías de caminar y correr, o correr y caminar. Dormir, esta nunca era mala opción. Y cuan grato era compartir tal ocupación, más cuando el invierno traía el frío, ni la mejor manta. Tú, sólo tú podías ser la mejor compañía. No me toques que te gruño, mas hazme lo que quieras si de ti algún alimento puedo recibir. Toma la mano si así lo quieres. Ni Shitsu ni Boxer, sino todo lo contrario. Amor absoluto e incondicional. Todo y nada, se torció en un instante. Sólo la materia es sensible y mutable. El recuerdo es eterno, y lo será por tanto. La esencia será inmutable. Hoy quiero dejar por escrito que no te voy a olvidar. Yo sé que sólo muere lo que olvidas, mas te echaremos de menos, amigo. Gracias por completar nuestras vidas, con la mejor compañía. Hasta siempre.




sábado, 14 de julio de 2012

Tiempo al rojo

¿Cuánto tiempo se debe presenciar un cuadro? ¿en qué momento sabes que su contemplación puede concluir? Pregunta de difícil respuesta mas cuando al tiempo que recibes las pinceladas del artista lees lo que te ha hecho escribir, creo que es momento de dejarlo por el momento. Aquí dejo lo que escribí una noche, si quiera no sea más que por pasar el rato:


Tiempo al rojo vivo

El tiempo no es más que el instrumento
 que el hombre necesita para cometer su labor
¡Si! El tiempo…

Qué lento eres cuando en tu deliberada pasión por la nada me llenas de vacío…
 ¡Mas cuán insuficiente eres cuando sabes que te necesito!
 Eres oportunista, sabio ¡y muchas veces irrespetuoso!

No somos más que esclavos de tu maquinaria ¡por vos estamos aquí!
Mas sólo cuanto tú quieras…
 Eres nada mas dueño de todo, eres angustia y parpadeo,
si no existieras… es más ¿por qué existes?

 ¡ESTALLA, RÓMPETE!
Eres blando en el fondo, no tienes valor… ¡ESTALLA!
Te caes… te hundes… te derrites…
 ¡Aha! ¡No eres quien crees! ¡Todo somos sin ti! ¡TODO! ¡SOMOS LIBRES!

 La llama del fuego se apaga
como se apaga el tic tac de la tempestad,
esa que provoca la soledad,
que nos aleja de lo que amamos,
que nos mantiene fuera de la libertad.

“No me mires que me rio,
No me olvides, que te amo”
Ni contigo ni sin ti… sino todo lo contrario.

"Reloj blando en el momento de su primera explosión"
Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domènech
(Salvador Dalí)

miércoles, 11 de julio de 2012

Buenos sueños

Nunca sabes dónde vas a encontrar la inspiración. En una mirada, tras una canción, pensando y obligándote a crear. Lo que parece fuera de duda es que siempre hay una historia detrás.
En este caso fue un sueño, sueño que sólo puede ser creado por una gran mente. La mente de una persona extraordinaria que me hizo el favor de contármelo, para así poder escribir esta pequeña historia. Buenos sueños:

Anduvo cansado aquella noche. Todo el día bajo la gran cúpula de la Iglesia, en el Monasterio del Álamo, realizando con maestría un fresco de acuerdo con las inquietudes del Abad Bernardino.  Las nubes dejaban paso a un cielo azulado donde se desenvolvía la escena: varios ángeles contemplan con asombro a la Virgen María, que recibe la luz con la grandiosidad y dignidad propia de una madre. El fresco estaba casi terminado, pero quien sí estaba acabado era José Ángel, el artista.

Antes de pasar por su habitación, donde la cama le esperaba, salió a tomar un poco el aire. Es de justicia que los días en monacato no gocen más que de internamiento, luego salir en plena noche a respirar el aire que nadie más respira se estima como obsequio puro de los dioses. Una figura oscura parecía acercársele. Envuelta en un velo, mostrando sólo su rostro, se presentaba la fulana del poblado menor frente al pintor. Era una joven, no más de veinte, de mediana estatura. Sus ojos grandes y oscuros llamaban la atención de quien a ellos atendía.  La joven tenía la capacidad de atraparte con sólo la mirada, que acompañaba sutilmente con una leve sonrisa. José Ángel no pudo evitar tan dulce tentación, haciendo uso de su condición de artista, y no clérigo, pese a estar por unos días en monacato.

Los pecadores entraron en el Monasterio, para dar rienda suelta a su amor de diez minutos en un pasillo dormilón. Se desprendieron las vestiduras, quedando como Dios quiso dejarnos, junto a los fríos muros del pasillo donde nadie podía encontrarse, al menos, a estas horas.  Estaban desatados, tanta pasión podría servir para el pintor en su encuentro con la inspiración, y a la fulana para poder comer. Diferentes motivos consumados en un mismo acto, tan fuente de la vida como prohibido por las órdenes monásticas.

En pleno encuentro amoroso, la casualidad quiso que paseara un monje por las galerías. El monje, que al escuchar los apasionados gemidos no quiso hacer caso omiso, se acercó con gran curiosidad. Llevaba los brazos unidos bajo el torso, con una postura encorvada. Una capucha cubría su cabeza ausente de qué peinar, y una mirada oscura y celosa encontró a la pareja.

Llegando a la conclusión de tal apasionado encuentro, y ajena a la visita del monje, la fulana abrió los ojos para ver de cerca al artista.  No era como los demás, este era joven, con un atractivo toque que la hacía disfrutar más si cabe. De pronto se paró, de forma inmediata, estropeando lo que parecía perfecto. El joven artista abrió su boca, pero no para hablar. Comenzó a sangrar lentamente, regando su barbilla primero hasta caer sobre la fulana después. Ella se hizo atrás, aterrorizada, para dejarle caer sobre el suelo. Tras él, se encontraba el monje con un puñal, siendo el único artífice de la muerte del pintor. Lanzó el arma al suelo, junto a su víctima. Sacó su lengua y la hizo girar sobre sí misma, al tiempo que con sus manos, blancas, con uñas como garras, trataba de hacerse con la fulana.

Como por arte de la pertinencia apareció al fondo el Abad Bernardino, gritando fríamente al monje:

- ¡Juan de Dios! - exclamó el Abad enfurecido.
- Señor Abad - decía tartamudeando el monje - la fulana me atacó con sus pecados de mujer. Me quiso arrastrar a la lujuria señor. Ella, la fulana, desató en mí ganas de faltar al Señor Jesucristo. Lleva el diablo dentro señor.
- Comprendo -respondía el Abad, al tiempo que se dirigía a los guardias- acompañen a Juan de Dios a su habitación, y prepárenle algo caliente, estará cansado.
- ¿Qué hacemos con ella, señor? - preguntaba un guardia.
- Está claro que su cuerpo ha corrompido su alma - continuó el Abad- nuestra obligación como cristianos es ayudarla a purificarse, no podemos dejarla así. ¡A la hoguera!.
- Muy buena decisión señor, qué gran criterio, buenas noches señor.
- Buenas noches, buenos sueños.

domingo, 8 de julio de 2012

Ven hijo

No sabía si paseaba o si huía, si buscaba algo o si estaba perdido. Sólo se que nada quería pensar, mi idea era encontrar la soledad, del mismo modo que ella me ha venido a buscar. Traté de esconderme en el bosque, al que la niebla cubre como la noche cubre el mar. Me adentré, al principio no me trató mal, pero fue cuestión de pasos, y algún minuto de más, que la maleza se apropió de mi camino de modo que el mismo ya no era tal. Tenía miedo, miedo de no poder abandonarlo o de enamorarme y no ansiar salir. Mas no por falta de disposición a mi pretender, sino por ausencia de poesía, fue tal la situación que se estimaba imposible encontrar el amor en el arbolado colapso de mi soledad. Aunque eso es sólo lo que yo creía por entonces.

Salvando las últimas ramas, a dos rocas vi obrar una cascada. No podían tener mejor final que un manto cristalino, donde las gotas finamente caen con tal elegancia, que sólo ellas son merecedoras de escuchar el canto que ellas mismas generan. Las ondas de su impacto se expandían hasta la orilla, y allí, allí la vi. La ví bañarse desnuda, sobre la orilla que marca el fin, la vi bañarse desnuda, y ella me miró a mi. Fui el hombre más afortunado del mundo, sí, ella me miró a mi.

Sin una palabra, la dediqué mi amor, ella me dio el suyo, con sólo una mirada. Sus rizos dorados caían sutilmente sobre sus húmedos hombros, todo ella era feminidad. Separó sus labios rojos, como rojas son las amapolas. Entendí que quería decirme algo, me dispuse a escuchar. "Ven hijo", pronunció. Sin preguntar a mi cabeza, allá fue mi corazón. Cuando creí tenerla cerca, cerré los ojos para verla mejor. Los abrí, con fuerza, con ganas, con energía...

No salgo del todo mal en el reflejo del agua, pero mi ilusión quedaba mejor.

viernes, 29 de junio de 2012

Inauguratio

En la Antiguedad, concretamente en Roma, al fundar nuevas ciudades se llevaba a cabo una ceremonia.  Los augures, sacerdotes con el don de la adivinación, delimitaban la extensión que debería abarcar la nueva ciudad, de acuerdo con la voluntad de los dioses. De esta forma, y tras marcar el perímetro de la ciudad mediante surcos, quedaba la ciudad "inaugurada".


No cuento con augures ni se siquiera si la voluntad de los dioses es crear este espacio. No obstante, lo inauguro con una ceremonia algo más austera, pero no menos grata. En honor al maestro, nos queda la poesía:


No digáis que agotado su tesoro

 De asuntos falta, enmudeció la lira:

Podrá no haber poetas; pero siempre
             Habrá poesía. 

 Mientras las ondas de la luz al beso

             Palpiten encendidas;
Mientras el sol las desgarradas nubes
             De fuego y oro vista;
Mientras el aire en su regazo lleve
             Perfumes y armonías,
Mientras haya en el mundo primavera,
             ¡Habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
             Las fuentes de la vida,
Y en el mar o en el cielo haya un abismo
             Que al cálculo resista;
Mientras la humanidad siempre avanzando
             No sepa a dó camina;
Mientras haya un misterio para el hombre,
             ¡Habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma
             Sin que los labios rían;
Mientras se llora sin que el llanto acuda
             A nublar la pupila;
Mientras el corazón y la cabeza
             Batallando prosigan;
Mientras haya esperanzas y recuerdos,
             ¡Habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
             Los ojos que los miran;
Mientras responda el labio suspirando
             Al labio que suspira;
Mientras sentirse puedan en un beso
             Dos almas confundidas;
Mientras exista una mujer hermosa,
             ¡Habrá poesía! 

 

  Gustavo Adolfo Domínguez Bastida y Bécquer; Rima IV