En este caso fue un sueño, sueño que sólo puede ser creado por una gran mente. La mente de una persona extraordinaria que me hizo el favor de contármelo, para así poder escribir esta pequeña historia. Buenos sueños:
Anduvo cansado aquella noche. Todo el día bajo la gran cúpula de la Iglesia, en el Monasterio del Álamo, realizando con maestría un fresco de acuerdo con las inquietudes del Abad Bernardino. Las nubes dejaban paso a un cielo azulado donde se desenvolvía la escena: varios ángeles contemplan con asombro a la Virgen María, que recibe la luz con la grandiosidad y dignidad propia de una madre. El fresco estaba casi terminado, pero quien sí estaba acabado era José Ángel, el artista.
Antes de pasar por su habitación, donde la cama le esperaba, salió a tomar un poco el aire. Es de justicia que los días en monacato no gocen más que de internamiento, luego salir en plena noche a respirar el aire que nadie más respira se estima como obsequio puro de los dioses. Una figura oscura parecía acercársele. Envuelta en un velo, mostrando sólo su rostro, se presentaba la fulana del poblado menor frente al pintor. Era una joven, no más de veinte, de mediana estatura. Sus ojos grandes y oscuros llamaban la atención de quien a ellos atendía. La joven tenía la capacidad de atraparte con sólo la mirada, que acompañaba sutilmente con una leve sonrisa. José Ángel no pudo evitar tan dulce tentación, haciendo uso de su condición de artista, y no clérigo, pese a estar por unos días en monacato.
Los pecadores entraron en el Monasterio, para dar rienda suelta a su amor de diez minutos en un pasillo dormilón. Se desprendieron las vestiduras, quedando como Dios quiso dejarnos, junto a los fríos muros del pasillo donde nadie podía encontrarse, al menos, a estas horas. Estaban desatados, tanta pasión podría servir para el pintor en su encuentro con la inspiración, y a la fulana para poder comer. Diferentes motivos consumados en un mismo acto, tan fuente de la vida como prohibido por las órdenes monásticas.
En pleno encuentro amoroso, la casualidad quiso que paseara un monje por las galerías. El monje, que al escuchar los apasionados gemidos no quiso hacer caso omiso, se acercó con gran curiosidad. Llevaba los brazos unidos bajo el torso, con una postura encorvada. Una capucha cubría su cabeza ausente de qué peinar, y una mirada oscura y celosa encontró a la pareja.
Llegando a la conclusión de tal apasionado encuentro, y ajena a la visita del monje, la fulana abrió los ojos para ver de cerca al artista. No era como los demás, este era joven, con un atractivo toque que la hacía disfrutar más si cabe. De pronto se paró, de forma inmediata, estropeando lo que parecía perfecto. El joven artista abrió su boca, pero no para hablar. Comenzó a sangrar lentamente, regando su barbilla primero hasta caer sobre la fulana después. Ella se hizo atrás, aterrorizada, para dejarle caer sobre el suelo. Tras él, se encontraba el monje con un puñal, siendo el único artífice de la muerte del pintor. Lanzó el arma al suelo, junto a su víctima. Sacó su lengua y la hizo girar sobre sí misma, al tiempo que con sus manos, blancas, con uñas como garras, trataba de hacerse con la fulana.
Como por arte de la pertinencia apareció al fondo el Abad Bernardino, gritando fríamente al monje:
- ¡Juan de Dios! - exclamó el Abad enfurecido.
- Señor Abad - decía tartamudeando el monje - la fulana me atacó con sus pecados de mujer. Me quiso arrastrar a la lujuria señor. Ella, la fulana, desató en mí ganas de faltar al Señor Jesucristo. Lleva el diablo dentro señor.
- Comprendo -respondía el Abad, al tiempo que se dirigía a los guardias- acompañen a Juan de Dios a su habitación, y prepárenle algo caliente, estará cansado.
- ¿Qué hacemos con ella, señor? - preguntaba un guardia.
- Está claro que su cuerpo ha corrompido su alma - continuó el Abad- nuestra obligación como cristianos es ayudarla a purificarse, no podemos dejarla así. ¡A la hoguera!.
- Muy buena decisión señor, qué gran criterio, buenas noches señor.
- Buenas noches, buenos sueños.
Antes de pasar por su habitación, donde la cama le esperaba, salió a tomar un poco el aire. Es de justicia que los días en monacato no gocen más que de internamiento, luego salir en plena noche a respirar el aire que nadie más respira se estima como obsequio puro de los dioses. Una figura oscura parecía acercársele. Envuelta en un velo, mostrando sólo su rostro, se presentaba la fulana del poblado menor frente al pintor. Era una joven, no más de veinte, de mediana estatura. Sus ojos grandes y oscuros llamaban la atención de quien a ellos atendía. La joven tenía la capacidad de atraparte con sólo la mirada, que acompañaba sutilmente con una leve sonrisa. José Ángel no pudo evitar tan dulce tentación, haciendo uso de su condición de artista, y no clérigo, pese a estar por unos días en monacato.
Los pecadores entraron en el Monasterio, para dar rienda suelta a su amor de diez minutos en un pasillo dormilón. Se desprendieron las vestiduras, quedando como Dios quiso dejarnos, junto a los fríos muros del pasillo donde nadie podía encontrarse, al menos, a estas horas. Estaban desatados, tanta pasión podría servir para el pintor en su encuentro con la inspiración, y a la fulana para poder comer. Diferentes motivos consumados en un mismo acto, tan fuente de la vida como prohibido por las órdenes monásticas.
En pleno encuentro amoroso, la casualidad quiso que paseara un monje por las galerías. El monje, que al escuchar los apasionados gemidos no quiso hacer caso omiso, se acercó con gran curiosidad. Llevaba los brazos unidos bajo el torso, con una postura encorvada. Una capucha cubría su cabeza ausente de qué peinar, y una mirada oscura y celosa encontró a la pareja.
Llegando a la conclusión de tal apasionado encuentro, y ajena a la visita del monje, la fulana abrió los ojos para ver de cerca al artista. No era como los demás, este era joven, con un atractivo toque que la hacía disfrutar más si cabe. De pronto se paró, de forma inmediata, estropeando lo que parecía perfecto. El joven artista abrió su boca, pero no para hablar. Comenzó a sangrar lentamente, regando su barbilla primero hasta caer sobre la fulana después. Ella se hizo atrás, aterrorizada, para dejarle caer sobre el suelo. Tras él, se encontraba el monje con un puñal, siendo el único artífice de la muerte del pintor. Lanzó el arma al suelo, junto a su víctima. Sacó su lengua y la hizo girar sobre sí misma, al tiempo que con sus manos, blancas, con uñas como garras, trataba de hacerse con la fulana.
Como por arte de la pertinencia apareció al fondo el Abad Bernardino, gritando fríamente al monje:
- ¡Juan de Dios! - exclamó el Abad enfurecido.
- Señor Abad - decía tartamudeando el monje - la fulana me atacó con sus pecados de mujer. Me quiso arrastrar a la lujuria señor. Ella, la fulana, desató en mí ganas de faltar al Señor Jesucristo. Lleva el diablo dentro señor.
- Comprendo -respondía el Abad, al tiempo que se dirigía a los guardias- acompañen a Juan de Dios a su habitación, y prepárenle algo caliente, estará cansado.
- ¿Qué hacemos con ella, señor? - preguntaba un guardia.
- Está claro que su cuerpo ha corrompido su alma - continuó el Abad- nuestra obligación como cristianos es ayudarla a purificarse, no podemos dejarla así. ¡A la hoguera!.
- Muy buena decisión señor, qué gran criterio, buenas noches señor.
- Buenas noches, buenos sueños.

Con un mínimo de materia prima eres capaz de crear ,lo que vive en tu mente, de una forma magistral...Olé!
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