lunes, 30 de julio de 2012

Mi último "achuchón"

Una vida se me queda corta. Con dos sería insuficiente, tres y nada son lo mismo. Que no, que es imposible recordar, y cuanto menos agradecer todo lo que nos has dado. Todo lo que de ti hemos recibido. Tu mirada inigualable te delataba, quizás esa fuera tu intención, pues así con un tipo de chantaje emocional nos indicabas las ganas que tenías de caminar y correr, o correr y caminar. Dormir, esta nunca era mala opción. Y cuan grato era compartir tal ocupación, más cuando el invierno traía el frío, ni la mejor manta. Tú, sólo tú podías ser la mejor compañía. No me toques que te gruño, mas hazme lo que quieras si de ti algún alimento puedo recibir. Toma la mano si así lo quieres. Ni Shitsu ni Boxer, sino todo lo contrario. Amor absoluto e incondicional. Todo y nada, se torció en un instante. Sólo la materia es sensible y mutable. El recuerdo es eterno, y lo será por tanto. La esencia será inmutable. Hoy quiero dejar por escrito que no te voy a olvidar. Yo sé que sólo muere lo que olvidas, mas te echaremos de menos, amigo. Gracias por completar nuestras vidas, con la mejor compañía. Hasta siempre.




sábado, 14 de julio de 2012

Tiempo al rojo

¿Cuánto tiempo se debe presenciar un cuadro? ¿en qué momento sabes que su contemplación puede concluir? Pregunta de difícil respuesta mas cuando al tiempo que recibes las pinceladas del artista lees lo que te ha hecho escribir, creo que es momento de dejarlo por el momento. Aquí dejo lo que escribí una noche, si quiera no sea más que por pasar el rato:


Tiempo al rojo vivo

El tiempo no es más que el instrumento
 que el hombre necesita para cometer su labor
¡Si! El tiempo…

Qué lento eres cuando en tu deliberada pasión por la nada me llenas de vacío…
 ¡Mas cuán insuficiente eres cuando sabes que te necesito!
 Eres oportunista, sabio ¡y muchas veces irrespetuoso!

No somos más que esclavos de tu maquinaria ¡por vos estamos aquí!
Mas sólo cuanto tú quieras…
 Eres nada mas dueño de todo, eres angustia y parpadeo,
si no existieras… es más ¿por qué existes?

 ¡ESTALLA, RÓMPETE!
Eres blando en el fondo, no tienes valor… ¡ESTALLA!
Te caes… te hundes… te derrites…
 ¡Aha! ¡No eres quien crees! ¡Todo somos sin ti! ¡TODO! ¡SOMOS LIBRES!

 La llama del fuego se apaga
como se apaga el tic tac de la tempestad,
esa que provoca la soledad,
que nos aleja de lo que amamos,
que nos mantiene fuera de la libertad.

“No me mires que me rio,
No me olvides, que te amo”
Ni contigo ni sin ti… sino todo lo contrario.

"Reloj blando en el momento de su primera explosión"
Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domènech
(Salvador Dalí)

miércoles, 11 de julio de 2012

Buenos sueños

Nunca sabes dónde vas a encontrar la inspiración. En una mirada, tras una canción, pensando y obligándote a crear. Lo que parece fuera de duda es que siempre hay una historia detrás.
En este caso fue un sueño, sueño que sólo puede ser creado por una gran mente. La mente de una persona extraordinaria que me hizo el favor de contármelo, para así poder escribir esta pequeña historia. Buenos sueños:

Anduvo cansado aquella noche. Todo el día bajo la gran cúpula de la Iglesia, en el Monasterio del Álamo, realizando con maestría un fresco de acuerdo con las inquietudes del Abad Bernardino.  Las nubes dejaban paso a un cielo azulado donde se desenvolvía la escena: varios ángeles contemplan con asombro a la Virgen María, que recibe la luz con la grandiosidad y dignidad propia de una madre. El fresco estaba casi terminado, pero quien sí estaba acabado era José Ángel, el artista.

Antes de pasar por su habitación, donde la cama le esperaba, salió a tomar un poco el aire. Es de justicia que los días en monacato no gocen más que de internamiento, luego salir en plena noche a respirar el aire que nadie más respira se estima como obsequio puro de los dioses. Una figura oscura parecía acercársele. Envuelta en un velo, mostrando sólo su rostro, se presentaba la fulana del poblado menor frente al pintor. Era una joven, no más de veinte, de mediana estatura. Sus ojos grandes y oscuros llamaban la atención de quien a ellos atendía.  La joven tenía la capacidad de atraparte con sólo la mirada, que acompañaba sutilmente con una leve sonrisa. José Ángel no pudo evitar tan dulce tentación, haciendo uso de su condición de artista, y no clérigo, pese a estar por unos días en monacato.

Los pecadores entraron en el Monasterio, para dar rienda suelta a su amor de diez minutos en un pasillo dormilón. Se desprendieron las vestiduras, quedando como Dios quiso dejarnos, junto a los fríos muros del pasillo donde nadie podía encontrarse, al menos, a estas horas.  Estaban desatados, tanta pasión podría servir para el pintor en su encuentro con la inspiración, y a la fulana para poder comer. Diferentes motivos consumados en un mismo acto, tan fuente de la vida como prohibido por las órdenes monásticas.

En pleno encuentro amoroso, la casualidad quiso que paseara un monje por las galerías. El monje, que al escuchar los apasionados gemidos no quiso hacer caso omiso, se acercó con gran curiosidad. Llevaba los brazos unidos bajo el torso, con una postura encorvada. Una capucha cubría su cabeza ausente de qué peinar, y una mirada oscura y celosa encontró a la pareja.

Llegando a la conclusión de tal apasionado encuentro, y ajena a la visita del monje, la fulana abrió los ojos para ver de cerca al artista.  No era como los demás, este era joven, con un atractivo toque que la hacía disfrutar más si cabe. De pronto se paró, de forma inmediata, estropeando lo que parecía perfecto. El joven artista abrió su boca, pero no para hablar. Comenzó a sangrar lentamente, regando su barbilla primero hasta caer sobre la fulana después. Ella se hizo atrás, aterrorizada, para dejarle caer sobre el suelo. Tras él, se encontraba el monje con un puñal, siendo el único artífice de la muerte del pintor. Lanzó el arma al suelo, junto a su víctima. Sacó su lengua y la hizo girar sobre sí misma, al tiempo que con sus manos, blancas, con uñas como garras, trataba de hacerse con la fulana.

Como por arte de la pertinencia apareció al fondo el Abad Bernardino, gritando fríamente al monje:

- ¡Juan de Dios! - exclamó el Abad enfurecido.
- Señor Abad - decía tartamudeando el monje - la fulana me atacó con sus pecados de mujer. Me quiso arrastrar a la lujuria señor. Ella, la fulana, desató en mí ganas de faltar al Señor Jesucristo. Lleva el diablo dentro señor.
- Comprendo -respondía el Abad, al tiempo que se dirigía a los guardias- acompañen a Juan de Dios a su habitación, y prepárenle algo caliente, estará cansado.
- ¿Qué hacemos con ella, señor? - preguntaba un guardia.
- Está claro que su cuerpo ha corrompido su alma - continuó el Abad- nuestra obligación como cristianos es ayudarla a purificarse, no podemos dejarla así. ¡A la hoguera!.
- Muy buena decisión señor, qué gran criterio, buenas noches señor.
- Buenas noches, buenos sueños.

domingo, 8 de julio de 2012

Ven hijo

No sabía si paseaba o si huía, si buscaba algo o si estaba perdido. Sólo se que nada quería pensar, mi idea era encontrar la soledad, del mismo modo que ella me ha venido a buscar. Traté de esconderme en el bosque, al que la niebla cubre como la noche cubre el mar. Me adentré, al principio no me trató mal, pero fue cuestión de pasos, y algún minuto de más, que la maleza se apropió de mi camino de modo que el mismo ya no era tal. Tenía miedo, miedo de no poder abandonarlo o de enamorarme y no ansiar salir. Mas no por falta de disposición a mi pretender, sino por ausencia de poesía, fue tal la situación que se estimaba imposible encontrar el amor en el arbolado colapso de mi soledad. Aunque eso es sólo lo que yo creía por entonces.

Salvando las últimas ramas, a dos rocas vi obrar una cascada. No podían tener mejor final que un manto cristalino, donde las gotas finamente caen con tal elegancia, que sólo ellas son merecedoras de escuchar el canto que ellas mismas generan. Las ondas de su impacto se expandían hasta la orilla, y allí, allí la vi. La ví bañarse desnuda, sobre la orilla que marca el fin, la vi bañarse desnuda, y ella me miró a mi. Fui el hombre más afortunado del mundo, sí, ella me miró a mi.

Sin una palabra, la dediqué mi amor, ella me dio el suyo, con sólo una mirada. Sus rizos dorados caían sutilmente sobre sus húmedos hombros, todo ella era feminidad. Separó sus labios rojos, como rojas son las amapolas. Entendí que quería decirme algo, me dispuse a escuchar. "Ven hijo", pronunció. Sin preguntar a mi cabeza, allá fue mi corazón. Cuando creí tenerla cerca, cerré los ojos para verla mejor. Los abrí, con fuerza, con ganas, con energía...

No salgo del todo mal en el reflejo del agua, pero mi ilusión quedaba mejor.