“¿Cuánto tiempo más durará
esto?”comencé a leer. Necesitaba descansar. Más que una ciudad,
Madrid es una sartén cuando llega el verano, decía el más realista
de los escritores. Por ello me senté en el banco que ocupaba la
sombra de uno de los miles de árboles que abrazan el cielo del
Retiro.
Era una tarde cualquiera. Patinaba
hasta donde mis piernas me permitían, mientras mi cardio aguantase.
Era de justicia que con el calor que hacía me tomara un respiro de
vez en cuando, momento que aprovechaba para leer, siquiera no sea más
que un rato. Y fue entonces cuando llegó ella:
- Hola, ¿me puedo sentar aquí?
- Anda, siéntate antes de que te
desmayes...
Contesté un tanto chulapo. Lo cierto
es que ya me había fijado en ella antes. Tenia una forma de patinar
muy elegante, no perdía la sonrisa. Yo quise exagerar su condición
por el cansancio, como si acaso yo estuviera mejor.
- Puedes estar tranquilo que no me
voy a desmayar. He venido a sentarme aquí por ti. Porque en este
banco estás tú. Podría patinar dos horas más, pero no podía
estar un segundo más sin venir a conocerte...
Me quedé en blanco. Me miró a los
ojos, y comenzó a reír. Una carcajada prácticamente burlona.
- ¿Te lo has creído? Ya sabía yo
que no podías ser tan chulo. Dime, ¿qué lees?
Me sentí un tanto ridículo, así que
me levanté para seguir patinando, justo después de contestarla:
- No leo, porque no puedo. Me cuesta
creerlo, pero cada vez más pienso que tienen razón aquellos que
dicen que no hay sitio para leer como las bibliotecas. En los
parques no se puede uno concentrar con el ruido de las pájaras...
Y comencé a patinar, con una sonrisa
traviesa. Ella quiso seguirme el juego, así que se levantó y
comenzó a patinar también, siguiéndome.
- ¿Y si vamos a un lugar más
íntimo? Quizás ahí si pueda concentrarse el señor lector... - me
dijo-.
- No serías capaz de seguirme con
tu torpeza al patinar.
- Sólo podrás decir eso con
certeza una vez lo demuestres...
No tenía muy claro sus intenciones,
pero las sensaciones que me transmitía eran muy positivas. Estaba
muy agusto con ese pique con el que tonteábamos, así que acepté.
- Bien, sígueme. Pero ten cuidado,
no te caigas.
- Tendré cuidado de no sorprenderte
demasiado...
Comencé a patinar a gran velocidad,
mostrando mi repertorio de técnicas con los patines, queriendo
impresionar. Poco duró tal patética demostración, ya que ella me
adelantó enseguida y comenzó a demostrar que era una gran
patinadora. Y además con qué estilo patinaba...
Nos fuimos alejando de la zona más
transitada del Retiro para acabar en un entorno más íntimo, en los
jardines que se acercan más a lo salvaje que a los románticos
prados burgueses del parque.
- Y bien, ¿podrás concentrarte
aquí?
- Mmm...sigo oyendo ruidos
-contesté-.
- Dime, qué lees.
Leer leía en su mirada. Era preciosa.
Sus ojos eran un resumen de toda ella, un homenaje a la belleza. El
ambiente íntimo llevó a mi timidez a apoderarse de la chulería con
la que la había tratado al principio.
- Es un relato de Arthur Schnitzler,
El teniente...
- ¡Gustl! El teniente Gustl –
contestó ella.
Entendí entonces que mi asombro y
admiración no habían tocado techo. Ella comenzó a reír.
- No lo conozco, la verdad. Sólo
que lo he visto antes cuando estábamos en el otro banco. ¿Has
creído estar en una escena de película eh?
Respondí con una sonrisa. Estaba un
tanto confundido con la situación, pero, afortunadamente, el clima
se fue relajando. Nos tumbamos en el césped, donde poco a poco, el
calor fue cesando en virtud de una puesta de Sol un tanto tardía.
Comencé a sentirme agusto. Hablábamos
sobre música, cine, pintura. Me disgustó que admirara tanto a
pintores un tanto mediocres como Dalí, pero para ella era
prácticamente un dios. Hablaba de él como si se tratara de un Miró.
Pero lo cierto es que no iba a discutírselo. Estaba muy cómodo
tumbado en el césped, escuchando su voz en lugar de sus sandeces.
Y tan bien es que estaba, que me quedé
dormido. Era normal, estaba muy cansado por el calor y el patinaje.
Era cuestión de tiempo que acabara así...
...Y poco después desperté. Ella ya
no estaba allí. No tenía muy claro si realmente existía o si la
había soñado. No me importó demasiado, aunque por un lado si me
había llamado la atención y hubiese querido guardar algo de ella,
tener otro encuentro.
Recogí mi libro para guardarlo en la
mochila, era hora de ir a casa. En ese momento tuve la certeza
absoluta de que no fue producto de mi inconsciente. Al guardar el
libro, resultó no ser el mio. Era del mismo autor, del vienés
Schnitzler, pero me lo había cambiado por otro: el Relato Soñado.
Lo abrí, y leí lo que me había escrito:
“Ahora sé que
existes, no necesito nada más...”