domingo, 21 de septiembre de 2014

EL LIMONERO

En el día Mundial del Alzheimer quiero aportar mi particular guiño a esta enfermedad. Ánimo a todos. Os dejo El Limonero. Abrazos! #DíaMundialDelAlzheimer


EL LIMONERO

Ayer
Montábamos en el coche, peleándonos por coger la ventana, llegaba la hora de ir a verla. El paisaje de esta ciudad me encantaba: la estación de trenes, la fábrica de botellas, palmeras, naranjos, flores,... Bajábamos por las calles, abandonando unas casas acomodadas para dar paso a otras con peor suerte. Llegamos, estaba claro que habíamos cambiado de barrio, pero para mí no suponía más que una zona extremadamente familiar.
Una vez entramos en casa, y salvando el exceso de besos y frases hechas del tipo «¡Qué mayor estás ya!», nuestro destino era el patio trasero. Allí corría, saltaba, gritaba. Era un niño. Los pájaros alegre- mente cantaban y nosotros, bajo la sombra del limonero, la oíamos indicarnos tiernamente que la comida estaba lista. Rápidamente íbamos a la mesa donde, a día de hoy, sigue siendo la mejor en la que he comido.
Llegaba la tarde. Ella se arreglaba. Realmente era guapa, los rizos caían sobre un rostro que ha visto pasar años a través de unos ojos verdes, los más bonitos que he visto jamás. Hacíamos fotos, para luego coleccionar en un mueble a modo de trofeos. Estaban orgullosos de nosotros, y nosotros éramos realmente felices.
Hoy
Amanece, y Ella se levanta de la cama. Aún se arregla, aunque necesita ayuda. Las paredes de la casa deberían contar algo que hizo de joven, no lo recuerda. Al pasar por la sala de estar, donde busca el sillón para pasar el día, observa el mueble lleno de fotos. Allí se queda mirando la foto de un niño, y hasta olvida que ayer le enseñó a comer. Se sienta en su sillón. Suena la puerta.
Montamos en el coche, pero esta vez voy delante, me toca conducir. Las flores y palmeras siguen ahí, está claro, es Andalucía, pero la fábrica de botellas ha cerrado. Las casas son todavía más humildes, pero sigo apreciando el carácter familiar que me produce este lugar. Llegamos al fin, ha vuelto la hora de volver a verla y me encontraba algo nervioso. Salgo del coche, el Sol calienta como sólo en el sur puede hacerlo, llamo a la puerta.
Me abrieron, pero no era Ella, sino quien de su cuidado se ocupa. No obstante sólo un par de pasos sirvieron para nuestro encuentro, seguía igual de guapa, y ella dijo lo mismo de mí. En ese momento me alegré sobremanera, pudiendo apreciar el recuerdo en quien no acostumbra a ello, volviendo a intercambiar miradas con los ojos más bonitos que había visto jamás. Pasé al patio, quería volver a ver el lugar donde ayer corría, estaba igual de bonito, incluso los pájaros aún cantaban. Sólo el limonero marcaba la diferencia con el pasado. El limonero había caído, estaba en el suelo, ya no producía la sombra sobre la que ayer jugaba. Quise volver al salón, quería estar con Ella. Poco hablamos, la televisión estaba encendida y llenaba el espacio que quería para sí el silencio. En ese momento se produjo una escena especial, casi mágica. Mientras veíamos una película, el capricho de la filmografía había llevado a un perro a sentarse en una silla, para estar junto a una mesa en un comedor. Prácticamente, ocupaba una postura típica de una persona. Estaba realmente gracioso, incluso tenía un babero. Es el típico detalle de una película que despierta el «ooh» del espectador. A raíz de tal escena, Ella comenzó a reír. Una risa que se fue agravando, contagiando, y finalmente desembocando en una carcajada que parecía no querer terminar. Fue un momento maravilloso, único.

Volví a salir al patio, me apoyé en un muro, y reflexioné. Me seguía rondando por la mente lo que acababa de suceder. Ella era alguien muy especial, había nacido en una postguerra, y se crió en una época de hambre. Creció y tuvo varios hijos, a los que mantuvo y supo educar, a pesar de que más pronto que tarde perdió a su marido. Posteriormente, junto a la vejez le llegaron otros problemas, pero a pesar de todo seguía teniendo ganas de reír. Y reía a carcajadas, por el simple detalle de ver a un perro comiendo en un comedor como si de una persona se tratara. Quedé impresionado. Me encontraba en el patio, donde quise levantar la cabeza para mirar al limonero. Se encontraba en el suelo, sí, pero me di cuenta de que seguía dando limones.