Espero que lo disfrutéis y comentéis lo que os parezca, como siempre, sin censura ;D ¡Besazos!
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AMANDA BUITRAGO
"¡Rápido, es muy tarde!" Sinfonía que acompañaba mi despertar, una
vez más. Me dolía la cabeza como para reflexionar a qué empresa
debía responder en esta ocasión. Pantalón, camisa, chaleco y abrigo.
Ya estoy listo, ¡vámonos!
"Es la última vez que me haces quedar mal". Se repetía constantemente durante el viaje, supuse que iban dedicadas a mí tan tiernas palabras, cuidadosamente seleccionadas, pero lo cierto es que poco me importaba."Sí cariño" era mi respuesta, por supuesto no iba a ser menos, a la altura de la conversación. Creo haberla tenido ya anteriormente. Sí, la he tenido, algo así no se olvida. A medida que nos acercábamos a nuestro tan esperado destino iba recordando a dónde y a qué íbamos. Era una comida, cómo no iba a serlo. Con sus padres, estaba claro que no había nada que me apeteciera más que aprender todo lo que esta gran familia podía aportarme. La historia que les ha antecedido así lo muestra, las numerosas carreras que sus hijos han estudiado o el rico patrimonio inmueble del que gozan. Me fascinaba escuchar todo este tipo de realidades y sentir lo afortunado que soy al poder estar con su hija, que tanto me quiere. "¿No tenías otro pantalón, verdad?" Creí entender que nuevamente se dirigía a mí. Esa celestial voz sólo puede tener un destinatario, y nadie sino yo tiene tal privilegio. "Creo que tengo un par más por ahí, pero vamos, que creo en el desnudo como forma natural de relacionarse con el medio. Las vestimentas son invenciones del hombre para crear desigualdades. Pero para que no te sientas inferior, he decidido ponerme estos. A tu pregunta creo haber respondido."
Cuando cesa la lluvia, las nubes dejan paso a la luz para que se funda con las gotas. Juntas recitan un arco iris, bajo el cual, el perfume de la tierra mojada escucha el cantar de los pájaros, alegres. Todo es armonía y tranquilidad, sensaciones placenteras de desahogo. Lo que ocurrió tras mi contestación sobre los pantalones, fue exactamente lo contrario. De su boca salieron palabras cuya existencia ignoraba hasta la fecha, expresadas con un odio sin precedentes. Sería incapaz de reproducir con un mínimo de fidelidad tal escena, realmente me siento afortunado, ya que dicho esperpento sólo lo pudimos vivir Alfredo –el chófer–, y yo. Fue un espectáculo sin iguales, quise incluso aplaudir a su término pero ya me han advertido a lo largo de mi vida de que suelo pecar con el don de la inoportunidad. Por ello puse la cara que se pone cuando no pasa nada y me limité a esperar a que el tiempo cambiara el espacio. Y no hubo sorpresa, lo cambió. Mi espera concluyó una vez Alfredo aparcó en la puerta de la residencia de los Buitrago, donde la esperaban con muchas ganas e impaciencia. Es decir, nos esperaban a los dos.
"Es la última vez que me haces quedar mal". Se repetía constantemente durante el viaje, supuse que iban dedicadas a mí tan tiernas palabras, cuidadosamente seleccionadas, pero lo cierto es que poco me importaba."Sí cariño" era mi respuesta, por supuesto no iba a ser menos, a la altura de la conversación. Creo haberla tenido ya anteriormente. Sí, la he tenido, algo así no se olvida. A medida que nos acercábamos a nuestro tan esperado destino iba recordando a dónde y a qué íbamos. Era una comida, cómo no iba a serlo. Con sus padres, estaba claro que no había nada que me apeteciera más que aprender todo lo que esta gran familia podía aportarme. La historia que les ha antecedido así lo muestra, las numerosas carreras que sus hijos han estudiado o el rico patrimonio inmueble del que gozan. Me fascinaba escuchar todo este tipo de realidades y sentir lo afortunado que soy al poder estar con su hija, que tanto me quiere. "¿No tenías otro pantalón, verdad?" Creí entender que nuevamente se dirigía a mí. Esa celestial voz sólo puede tener un destinatario, y nadie sino yo tiene tal privilegio. "Creo que tengo un par más por ahí, pero vamos, que creo en el desnudo como forma natural de relacionarse con el medio. Las vestimentas son invenciones del hombre para crear desigualdades. Pero para que no te sientas inferior, he decidido ponerme estos. A tu pregunta creo haber respondido."
Cuando cesa la lluvia, las nubes dejan paso a la luz para que se funda con las gotas. Juntas recitan un arco iris, bajo el cual, el perfume de la tierra mojada escucha el cantar de los pájaros, alegres. Todo es armonía y tranquilidad, sensaciones placenteras de desahogo. Lo que ocurrió tras mi contestación sobre los pantalones, fue exactamente lo contrario. De su boca salieron palabras cuya existencia ignoraba hasta la fecha, expresadas con un odio sin precedentes. Sería incapaz de reproducir con un mínimo de fidelidad tal escena, realmente me siento afortunado, ya que dicho esperpento sólo lo pudimos vivir Alfredo –el chófer–, y yo. Fue un espectáculo sin iguales, quise incluso aplaudir a su término pero ya me han advertido a lo largo de mi vida de que suelo pecar con el don de la inoportunidad. Por ello puse la cara que se pone cuando no pasa nada y me limité a esperar a que el tiempo cambiara el espacio. Y no hubo sorpresa, lo cambió. Mi espera concluyó una vez Alfredo aparcó en la puerta de la residencia de los Buitrago, donde la esperaban con muchas ganas e impaciencia. Es decir, nos esperaban a los dos.
Una vez resueltos los protocolos que exigen omitir la sinceridad,
pasamos al humilde comedor. Allí el servicio fue llenando la mesa de
comida para nuestro disfrute. Realmente aquel día no se puede decir que
comí mal, ni poco. El desarrollo del banquete, del que sólo sus padres
y nosotros éramos protagonistas, sucedió en un cálido ambiente sin
mucho que reseñar. Sus padres no hacían más que explicar sus nuevos
propósitos de expansión económica mientras Amanda trataba de hacerles
ver lo orgullosa que se sentía de ser su hija. Del mismo modo, ella les
planteó la idea que rondaba su cabeza de hacerse con una firma de ropa.
Realmente le interesaba la moda. Yo me dispuse a comer, puede decirse
que la comida estaba muy rica y la conversación, aunque me interesaba
sobremanera, no era compatible con mi intención de planear la estrategia
apropiada para rescatar la carne del marisco cuyo caparazón sometía.
Por ello decidí de manera certera obviar los diálogos familiares. Sólo
puede decirse que entré en escena en el momento en que mi suegra se
dirigió a mí, una vez habida cuenta de mi ignorancia por un plato de
caracoles que ocupaba el sitio central de la mesa.
–¿Has visto qué caracoles? -decidió abrir así nuestra conversación.
–¡Claro! Es el único plato al que nadie ha prestado un mínimo de atención aún.
–¿Has visto qué caracoles? -decidió abrir así nuestra conversación.
–¡Claro! Es el único plato al que nadie ha prestado un mínimo de atención aún.
En ese momento sentí como las mandíbulas de todos los comensales
se detuvieron, como si se hubieran congelado en el tiempo. Yo por mi
parte tenía un frente abierto con una langosta, y creí oportuno atenderla como se merecía. Creyendo que pronto volverían a tratar temas
tan necesarios como el número de hectáreas de sus nuevas tierras o
los recientes éxitos cosechados por su hijo el mayor en una empresa
británica, levanté la vista y me sorprendió ver que seguían con las
mismas posturas, con los ojos clavados en mí. Fue por ello que de la
manera más formal que supe, pedí una tregua a la langosta para poder
atender a mi suegra, que nuevamente quiso dirigirse a mí:
– Se trata de una variedad de caracoles exclusiva por su localización geográfica, las condiciones que deben reunirse para su reproducción, ¡y qué decir de las técnicas precisas para la recolección! Del mismo modo, la forma en que están preparados no se ve en todas las cocinas. Es una receta especial, tan única como ellos. Primero se elabora cuidadosamente un sofrito con los tomates, cebolla, y un toque de pimentón. Asimismo, mientras hierven los caracoles, se prepara un tocino de panceta en daditos, ¡Que posteriormente hervirán con ellos! -siguió exponiéndome esta receta, tan evidente que delataba que no sólo no había preparado ella misma la comida, sino que no tenía ni idea de cocinar. –Como ves, te encuentras ante un plato que pocas veces habrás visto. Aunque ya sé que en tu tierra se cocinan muchos caracoles, pero no tienen nada que ver con estos, ¿verdad?
– Lamento no poder resolver su inquietud, señora –respondí tratando de volver a mi langosta, pero no me dejó más remedio que contestarle tras su última intervención.
– ¿Y eso por qué, acaso no ves la diferencia entre estos y los de tu tierra?
– No es eso señora, lo que pasa es que me dan asco los caracoles.
Ahora sí, por fin, pude batallar a gusto con mi langosta. Debo decir que es la mejor que he comido jamás. Mientras mis suegros discutían con su hija, alcé la mano para que viniera un joven. Por lo que creí entender en alguna conexión que establecí con la conversación, siempre de modo pasivo, Amanda estaba defendiéndome. Una vez vino el chico del servicio, le comenté lo siguiente:
– Se trata de una variedad de caracoles exclusiva por su localización geográfica, las condiciones que deben reunirse para su reproducción, ¡y qué decir de las técnicas precisas para la recolección! Del mismo modo, la forma en que están preparados no se ve en todas las cocinas. Es una receta especial, tan única como ellos. Primero se elabora cuidadosamente un sofrito con los tomates, cebolla, y un toque de pimentón. Asimismo, mientras hierven los caracoles, se prepara un tocino de panceta en daditos, ¡Que posteriormente hervirán con ellos! -siguió exponiéndome esta receta, tan evidente que delataba que no sólo no había preparado ella misma la comida, sino que no tenía ni idea de cocinar. –Como ves, te encuentras ante un plato que pocas veces habrás visto. Aunque ya sé que en tu tierra se cocinan muchos caracoles, pero no tienen nada que ver con estos, ¿verdad?
– Lamento no poder resolver su inquietud, señora –respondí tratando de volver a mi langosta, pero no me dejó más remedio que contestarle tras su última intervención.
– ¿Y eso por qué, acaso no ves la diferencia entre estos y los de tu tierra?
– No es eso señora, lo que pasa es que me dan asco los caracoles.
Ahora sí, por fin, pude batallar a gusto con mi langosta. Debo decir que es la mejor que he comido jamás. Mientras mis suegros discutían con su hija, alcé la mano para que viniera un joven. Por lo que creí entender en alguna conexión que establecí con la conversación, siempre de modo pasivo, Amanda estaba defendiéndome. Una vez vino el chico del servicio, le comenté lo siguiente:
–Me vas a poner un café, solo, bueno con leche pero condensada.
Un poco de nata lo cubrirá, mejor que sea bastante, y unos finos polvos
de canela lo decorarán.
Sus ojos lo decían todo. No supo si hacerme caso o volver a su posición como si no le hubiera pedido nada, pero un guiño de ojos es lo único que precisé para que fuera a preparármelo. Mientras tanto pude disfrutar del espectáculo que me ofrecía esta familia, toda ella ejemplo del comportamiento que su rango social requería. Primero rabia, furia, luego descalificaciones, posteriormente llantos y al final, mi café. Estaba justo como lo pedí aunque para mi gusto racaneó un poco con la nata. No se lo tuve en cuenta.
–¡Pero míralo hija! Ahí sentado disfrutando de un café mientras tú luchas por él, mientras le defiendes. ¿Nos merecemos esto?
El drama comenzó a adquirir categoría de tragedia, que no quiso pasar al acto final sin que yo volviera a ser partícipe de él, no por mi egocentrismo sino por una cuestión directa. De esta manera se dirigió mi suegro a mí:
– ¿No te da vergüenza? ¿Esto es lo que te importa mi hija?
– Lamento que no me importe tanto como a su mujer los caracoles -respondí.
Volví a mi café, que pude degustar tranquilamente. La escena sucedida en el banquete resultó un tanto desagradable para aquella familia. Bien saben los clásicos que las grandes conversaciones se producen, precisamente, en torno a un banquete, pero estaba claro que en esta ocasión no iba a ser el caso. Ni el padre de Amanda era Fedro, ni una perspectiva filosófica sobre el amor sería el hilo conductor de la conversación que compartieron.
Y poco más recuerdo de aquel día. Sólo sé que volví en taxi al piso donde vivía antes de conocerla. Piso que comparto ahora con mi actual novia, quien al tiempo que oía esta fatal historia me decía con un tono que desprendía amor "¡Quieres callarte, trato de leer un artículo sobre la firma de Amanda Buitrago!".
Sus ojos lo decían todo. No supo si hacerme caso o volver a su posición como si no le hubiera pedido nada, pero un guiño de ojos es lo único que precisé para que fuera a preparármelo. Mientras tanto pude disfrutar del espectáculo que me ofrecía esta familia, toda ella ejemplo del comportamiento que su rango social requería. Primero rabia, furia, luego descalificaciones, posteriormente llantos y al final, mi café. Estaba justo como lo pedí aunque para mi gusto racaneó un poco con la nata. No se lo tuve en cuenta.
–¡Pero míralo hija! Ahí sentado disfrutando de un café mientras tú luchas por él, mientras le defiendes. ¿Nos merecemos esto?
El drama comenzó a adquirir categoría de tragedia, que no quiso pasar al acto final sin que yo volviera a ser partícipe de él, no por mi egocentrismo sino por una cuestión directa. De esta manera se dirigió mi suegro a mí:
– ¿No te da vergüenza? ¿Esto es lo que te importa mi hija?
– Lamento que no me importe tanto como a su mujer los caracoles -respondí.
Volví a mi café, que pude degustar tranquilamente. La escena sucedida en el banquete resultó un tanto desagradable para aquella familia. Bien saben los clásicos que las grandes conversaciones se producen, precisamente, en torno a un banquete, pero estaba claro que en esta ocasión no iba a ser el caso. Ni el padre de Amanda era Fedro, ni una perspectiva filosófica sobre el amor sería el hilo conductor de la conversación que compartieron.
Y poco más recuerdo de aquel día. Sólo sé que volví en taxi al piso donde vivía antes de conocerla. Piso que comparto ahora con mi actual novia, quien al tiempo que oía esta fatal historia me decía con un tono que desprendía amor "¡Quieres callarte, trato de leer un artículo sobre la firma de Amanda Buitrago!".
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