domingo, 16 de junio de 2013

Un sueño de ocho ruedas

“¿Cuánto tiempo más durará esto?”comencé a leer. Necesitaba descansar. Más que una ciudad, Madrid es una sartén cuando llega el verano, decía el más realista de los escritores. Por ello me senté en el banco que ocupaba la sombra de uno de los miles de árboles que abrazan el cielo del Retiro.

Era una tarde cualquiera. Patinaba hasta donde mis piernas me permitían, mientras mi cardio aguantase. Era de justicia que con el calor que hacía me tomara un respiro de vez en cuando, momento que aprovechaba para leer, siquiera no sea más que un rato. Y fue entonces cuando llegó ella:

- Hola, ¿me puedo sentar aquí?
- Anda, siéntate antes de que te desmayes...

Contesté un tanto chulapo. Lo cierto es que ya me había fijado en ella antes. Tenia una forma de patinar muy elegante, no perdía la sonrisa. Yo quise exagerar su condición por el cansancio, como si acaso yo estuviera mejor.

- Puedes estar tranquilo que no me voy a desmayar. He venido a sentarme aquí por ti. Porque en este banco estás tú. Podría patinar dos horas más, pero no podía estar un segundo más sin venir a conocerte...

Me quedé en blanco. Me miró a los ojos, y comenzó a reír. Una carcajada prácticamente burlona.

- ¿Te lo has creído? Ya sabía yo que no podías ser tan chulo. Dime, ¿qué lees?

Me sentí un tanto ridículo, así que me levanté para seguir patinando, justo después de contestarla:

- No leo, porque no puedo. Me cuesta creerlo, pero cada vez más pienso que tienen razón aquellos que dicen que no hay sitio para leer como las bibliotecas. En los parques no se puede uno concentrar con el ruido de las pájaras...

Y comencé a patinar, con una sonrisa traviesa. Ella quiso seguirme el juego, así que se levantó y comenzó a patinar también, siguiéndome.

- ¿Y si vamos a un lugar más íntimo? Quizás ahí si pueda concentrarse el señor lector... - me dijo-.

- No serías capaz de seguirme con tu torpeza al patinar.

- Sólo podrás decir eso con certeza una vez lo demuestres...

No tenía muy claro sus intenciones, pero las sensaciones que me transmitía eran muy positivas. Estaba muy agusto con ese pique con el que tonteábamos, así que acepté.

- Bien, sígueme. Pero ten cuidado, no te caigas.
- Tendré cuidado de no sorprenderte demasiado...

Comencé a patinar a gran velocidad, mostrando mi repertorio de técnicas con los patines, queriendo impresionar. Poco duró tal patética demostración, ya que ella me adelantó enseguida y comenzó a demostrar que era una gran patinadora. Y además con qué estilo patinaba...

Nos fuimos alejando de la zona más transitada del Retiro para acabar en un entorno más íntimo, en los jardines que se acercan más a lo salvaje que a los románticos prados burgueses del parque.

- Y bien, ¿podrás concentrarte aquí?

- Mmm...sigo oyendo ruidos -contesté-.
- Dime, qué lees.

Leer leía en su mirada. Era preciosa. Sus ojos eran un resumen de toda ella, un homenaje a la belleza. El ambiente íntimo llevó a mi timidez a apoderarse de la chulería con la que la había tratado al principio.

- Es un relato de Arthur Schnitzler, El teniente...

- ¡Gustl! El teniente Gustl – contestó ella.

Entendí entonces que mi asombro y admiración no habían tocado techo. Ella comenzó a reír.

- No lo conozco, la verdad. Sólo que lo he visto antes cuando estábamos en el otro banco. ¿Has creído estar en una escena de película eh?

Respondí con una sonrisa. Estaba un tanto confundido con la situación, pero, afortunadamente, el clima se fue relajando. Nos tumbamos en el césped, donde poco a poco, el calor fue cesando en virtud de una puesta de Sol un tanto tardía.

Comencé a sentirme agusto. Hablábamos sobre música, cine, pintura. Me disgustó que admirara tanto a pintores un tanto mediocres como Dalí, pero para ella era prácticamente un dios. Hablaba de él como si se tratara de un Miró. Pero lo cierto es que no iba a discutírselo. Estaba muy cómodo tumbado en el césped, escuchando su voz en lugar de sus sandeces.

Y tan bien es que estaba, que me quedé dormido. Era normal, estaba muy cansado por el calor y el patinaje. Era cuestión de tiempo que acabara así...

...Y poco después desperté. Ella ya no estaba allí. No tenía muy claro si realmente existía o si la había soñado. No me importó demasiado, aunque por un lado si me había llamado la atención y hubiese querido guardar algo de ella, tener otro encuentro.

Recogí mi libro para guardarlo en la mochila, era hora de ir a casa. En ese momento tuve la certeza absoluta de que no fue producto de mi inconsciente. Al guardar el libro, resultó no ser el mio. Era del mismo autor, del vienés Schnitzler, pero me lo había cambiado por otro: el Relato Soñado. Lo abrí, y leí lo que me había escrito:


Ahora sé que existes, no necesito nada más...”