Salvando las últimas ramas, a dos rocas vi obrar una cascada. No podían tener mejor final que un manto cristalino, donde las gotas finamente caen con tal elegancia, que sólo ellas son merecedoras de escuchar el canto que ellas mismas generan. Las ondas de su impacto se expandían hasta la orilla, y allí, allí la vi. La ví bañarse desnuda, sobre la orilla que marca el fin, la vi bañarse desnuda, y ella me miró a mi. Fui el hombre más afortunado del mundo, sí, ella me miró a mi.
Sin una palabra, la dediqué mi amor, ella me dio el suyo, con sólo una mirada. Sus rizos dorados caían sutilmente sobre sus húmedos hombros, todo ella era feminidad. Separó sus labios rojos, como rojas son las amapolas. Entendí que quería decirme algo, me dispuse a escuchar. "Ven hijo", pronunció. Sin preguntar a mi cabeza, allá fue mi corazón. Cuando creí tenerla cerca, cerré los ojos para verla mejor. Los abrí, con fuerza, con ganas, con energía...
No salgo del todo mal en el reflejo del agua, pero mi ilusión quedaba mejor.

sin palabras, lo juro
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