Nadie quiso volver a subir, nadie se
atrevió. En alguna villa castellana se cuenta una leyenda, de las
que se cuentan bien por temor o siquiera no sea más que por pasar el
rato. Dos amantes, cómo no iban a serlo, fueron condenados por las
altas esferas y de acuerdo a la moral a no verse ni tocarse jamás.
Mas bien sabe el diablo que no hay límite que al corazón humano
pueda imponérsele, bien saben los letrados que quien hace la norma
hace la trampa. Y así fue como los dos amantes, ignorando todo lo
demás para centrarse en ellos, se fugaban cada noche para su
encuentro. El lugar elegido fue un tejado estrellado, de manera que
de ser descubiertos sólo las estrellas fueran culpables. Allí
intercambiaban sus acentos, detenían el tiempo, que seguía pasando
al fin y al cabo, se declararon culpables de las infinitas luces. El
quiso decir “te amo”, pero se le adelantó una sonrisa. Ella bajó
la mirada y también sonrió. Hablaban mucho, pero lo más importante
se lo decían con las miradas. Sobraban las preguntas, sobraban las
palabras, sobraba el Sol por las mañanas. Rápidamente volvían a
sus casas temerosos de ser descubiertos, deseando volver a tocar el
cielo la noche siguiente...
...y así fueron pasando las noches,
hasta que una de ellas la chica del tejado no apareció. Él se
encontraba solo, esperándola, como sólo espera quien tiene más
corazón que consciencia. Se formuló infinitas hipótesis sobre su
ausencia, dejando para el final la propia voluntad de su amante de no
volver. Mientras llovía en su mirada, quiso ver algo de ella en el
tejado. Se trataba de la pinza que utilizaba para el pelo. Secandose
los charcos y esbozando una leve sonrisa, más de melancolía que de
esperanza, se acercó a la pinza. Podría tener, al menos, algo de
ella. Al agacharse para cogerla se dió cuenta de que no era su
pinza, se trataba tan sólo de un lápiz. Podría parecer un detalle
insignificante, pero la confusión de la pinza que guardaba la
elegante melena de su amada con un simple lápiz le hizo enloquecer.
Pensó entonces que tal vez ella tampoco hubiera existido. Entonces, en un ataque de ira final, juró
contar su historia, aunque no dijera la verdad, escribiéndola con
el lápiz sobre las tejas. Los trazos estaban llenos de rabia, y al
terminar su obra, se dejó caer al suelo frente a ella.
Poco después abandonó el tejado para
siempre, sin saber si la volvería a ver, sin saber si ella leería
el tejado. Y al día siguiente, sólo fue eso, un día siguiente
más...

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