viernes, 5 de abril de 2013

El tejado

Nadie quiso volver a subir, nadie se atrevió. En alguna villa castellana se cuenta una leyenda, de las que se cuentan bien por temor o siquiera no sea más que por pasar el rato. Dos amantes, cómo no iban a serlo, fueron condenados por las altas esferas y de acuerdo a la moral a no verse ni tocarse jamás. Mas bien sabe el diablo que no hay límite que al corazón humano pueda imponérsele, bien saben los letrados que quien hace la norma hace la trampa. Y así fue como los dos amantes, ignorando todo lo demás para centrarse en ellos, se fugaban cada noche para su encuentro. El lugar elegido fue un tejado estrellado, de manera que de ser descubiertos sólo las estrellas fueran culpables. Allí intercambiaban sus acentos, detenían el tiempo, que seguía pasando al fin y al cabo, se declararon culpables de las infinitas luces. El quiso decir “te amo”, pero se le adelantó una sonrisa. Ella bajó la mirada y también sonrió. Hablaban mucho, pero lo más importante se lo decían con las miradas. Sobraban las preguntas, sobraban las palabras, sobraba el Sol por las mañanas. Rápidamente volvían a sus casas temerosos de ser descubiertos, deseando volver a tocar el cielo la noche siguiente...

...y así fueron pasando las noches, hasta que una de ellas la chica del tejado no apareció. Él se encontraba solo, esperándola, como sólo espera quien tiene más corazón que consciencia. Se formuló infinitas hipótesis sobre su ausencia, dejando para el final la propia voluntad de su amante de no volver. Mientras llovía en su mirada, quiso ver algo de ella en el tejado. Se trataba de la pinza que utilizaba para el pelo. Secandose los charcos y esbozando una leve sonrisa, más de melancolía que de esperanza, se acercó a la pinza. Podría tener, al menos, algo de ella. Al agacharse para cogerla se dió cuenta de que no era su pinza, se trataba tan sólo de un lápiz. Podría parecer un detalle insignificante, pero la confusión de la pinza que guardaba la elegante melena de su amada con un simple lápiz le hizo enloquecer. Pensó entonces que tal vez ella tampoco hubiera existido. Entonces, en un ataque de ira final, juró contar su historia, aunque no dijera la verdad, escribiéndola con el lápiz sobre las tejas. Los trazos estaban llenos de rabia, y al terminar su obra, se dejó caer al suelo frente a ella.

Poco después abandonó el tejado para siempre, sin saber si la volvería a ver, sin saber si ella leería el tejado. Y al día siguiente, sólo fue eso, un día siguiente más...



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